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La parte social de los riesgos ambientales-II

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imgresDeben ser cosas del verano (pasado), pero la entrada con este mismo título del 13 de agosto de 2015, sólo la leyeron 18 personas. Se nos ocurre que mantiene actualidad y por eso la reproducimos.

No vamos a excusarnos de entrar en temas de profundidad en medio del lánguido y vacacional mes de agosto. El ocio también sirve para la reflexión.

La participación de los tóxicos ambientales en las causas de las enfermedades y, en general, sus efectos sobre la salud, aunque evidentemente sean factores externos a la gente, tiene una importante faceta de carácter social, sobre todo ligada a los usos, costumbres y comportamientos sociales. Es decir: los tóxicos están ahí. Pero afectaran más o menos la salud dependiendo de les períodos y momentos de la exposición, la proximidad a los tóxicos y lo que a esos factores de tiempo y espacio contribuyan las voluntades, costumbres o culturas de la gentes.

Sin pretender hacer una monografía sobre la presencia de lo que se conoce como agentes contaminantes, podemos distribuirlos según donde se encuentren: tóxicos hay en el aire, en el agua, en los alimentos, en el suelo, en el entorno… Cuando la gente habla de polución suele referirse predominantemente a la aérea, la atmosférica. En las grandes ciudades se ve, se huele. A veces hasta se toca cuando el material particulado abunda. Su origen suele ser la combustión de substancias diversas, predominantemente la quema de hidrocarburos para la producción de energía: para la calefacción, para los motores de explosión de los automóviles o para la maquinaria de las industrias. La combustión de hidrocarburos, dependiendo de su composición, libera en el aire CO2 (anhídrido carbónico), NO (óxido nitroso), SO2 (anhídrido sulfuroso) y CO (monóxido de carbono), entre otros subproductos. Además, la actividad industrial puede liberar en el aire una amplísima diversidad de compuestos de toxicidad variable, como siempre, dependiendo de la dosis y el tiempo de exposición.

El agua de bebida o de cocción, la que sale del grifo de la red urbana, también puede estar contaminada con elementos indeseables. La mayor preocupación de centra en los contenidos orgánicos, o más concretamente la contaminación bacteriana, transmisora de enfermedades múltiples. Supuestamente la cloración del agua de suministro, debe resolver esta materia. No tanto así el contenido de otras substancias no siempre fácilmente detectables como algunos elementos químicos y los metales pesados.

En muchos lugares, especialmente las zonas muy industrializadas, preocupa especialmente la contaminación del suelo que no siempre se tiene en cuenta por cuanto es poco visible. Al suelo van a parar desechos industriales diversos y el principal riesgo que presentan es que esos residuos pueden incorporarse a las capas freáticas y contaminar fuentes de agua, ríos y el mar. Especialmente nocivos son los metales pesados porque estos no se degradan y pueden persistir en el suelo durante decenios.

La contaminación de los alimentos en general es secundaria a las anteriores, cuando los agentes contaminantes llegan al agua de riego o a la de bebida de los animales y se incorporan a la cadena trófica hasta llegar a los alimentos comercializados. A ello hay que añadir los colorantes, conservantes y modificadores de texturas o sabores que la industria alimentaria incorpora a los alimentos manufacturados.

O sea, que estamos rodeados. Desde el ámbito de asistencia sanitaria y, más concretamente de la Pediatría social, poco podemos ofrecer a nuestros pacientes y sus familias. Nos toca, eso sí, sensibilizar a las autoridades, promover acciones colectivas, llenar los medios de comunicación de requerimientos, protestas e información y, también, convidar a la gente que vote cuando tenga ocasión a los gobernantes que mejor defiendan la lucha contra la contaminación.

En el plano estrictamente individual, además de ofrecer información y referencias fiables, tampoco está de más intentar tranquilizar angustias y contener ansiedades que puedan producir efectos también indeseados o reacciones de protección desproporcionadas, que acaben sometiendo a los niños a procedimientos o precauciones inmoderadas. No se debe mantener a los niños en una burbuja.

Lo que si podemos hacer es recordar a unos y a otros que entre los agentes contaminantes, tóxicos, existen algunos que son elegidos, mientras que otros corresponden a riesgos involuntarios. No vale exclamarse de que la fábrica más cercana del polígono industrial echa humo y, cuando sopla el viento hacia aquí, lo notamos, mientras lo argumentamos con un cigarrillo encendido. Ni tampoco quejarse de la industria química mientras acumulamos una ingente cantidad de productos de limpieza a medio usar debajo del fregadero, que además usamos sin orden ni sentido. Sin olvidar aquellos que van a estar presentes en los,productos de higiene personal como recordábamos en https://pedsocial.wordpress.com/2014/05/05/la-vertiente-social-de-la-17-ci-metil-isotiazolinona/ de algunos conservantes y bactericidas de cosméticos.

En la encuesta de salud individual debe incluirse la nómina de productos que existen en el hogar y el uso que se hace de ellos. Y recordar que el humo del tabaco es el contaminante más próximo y más común al que se ven expuestos los menores de un año.

También conviene relativizar las huidas a espacios o costumbres de otras épocas. Es posible que el habitante urbano sueñe con un regreso a una Arcadia feliz, rural, pastoril y bucólica. Y hasta que intente remedarlo durante los fines de semana o las vacaciones. Conviene recordar que los fuegos abiertos, de hogar, como medio de calefacción generan una notable contaminación de humo y residuos. Y que los recursos alternativos de estufas de combustión lenta de cáscaras, pueden dar lugar a concentraciones de monóxido de carbono letales, como lamentablemente ha sucedido en algunos albergues rurales en el pasado reciente. Sin olvidar que el desplazamiento en automóvil de fin de semana puede exponernos a una mucho mayor tasa de inhalación de humos de hidrocarburos, con los embotellamientos y todo, que si nos quedamos viendo la tele en el comedor.

La contaminación está ahí. Hay que evitarla e intentar luchar contra ella. Pero conviene recordar que en muchos extremos es la propia conducta social la que nos expone a los riesgos que comporta. Esa es la parte que podemos intentar, primero conocer ,y luego modificar.

X. Allué (Editor)

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Written by pedsocial

4 septiembre 2016 at 18:14

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La inteligencia social

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%22Sardana%22La inteligencia, eso que los más inteligentes se ven en dificultades de definir, no es única, es diversa. Diferentes estudiosos le han ido asignado componentes y descripciones. Los clásicos se ocuparon más de definir el conocimiento y, hasta un punto, lo que era la sabiduría, o el raciocinio y el entendimiento, asignándole un mecanismo de almacenamiento denominado memoria. Su medio es el pensamiento, pero si no tiene expresión, vale de poco. Por eso el lenguaje es esencial para la manifestación de la inteligencia, sea verbal, gestual, artístico o comportamental.

Precisamente los que trabajan en eso que se ha dado en llamar inteligencia artificial, una cierta especie de oxímoron, y que suelen ser gente muy inteligente, explican que queda aún muchísimo por conocer de la inteligencia humana.

Ha sido en los últimos años (decenio más o menos) que se ha popularizado la idea de los diversos componentes de la inteligencia. Gradualmente psicólogos y pedagogos han visto la inoperancia de conceptos de alguna forma reduccionistas, que pretendían acotar la inteligencia a un número y utilizarlo para clasificar a la gente. En nuestro ámbito, a los niños.

Es cierto que el cociente intelectual(1), al tomar en consideración un denominador común como la edad cronológica, que es una factor que varía con el tiempo en la infancia, resulta sugerente. Lamentablemente en nombre del CI se han perpetrado innumerables desvaríos y catástrofes personales al intentar clasificar a la gente.

La diversidad de la inteligencia incluye las capacidades cognitivas para el lenguaje, el raciocinio, la orientación temporo-espacial, la memoria, la escritura, la abstracción y varias más, completadas con eso que se define mal como realización y que los anglosajones llaman performance.

Pero además y por fuera de todo ello, se empiezan a conocer aspectos de la inteligencia de la vida de relación. Popular ha sido la aportación sobre la inteligencia emocional (2) que hace veinte años abrió una ventana con una idea algo más antigua ( W.Payne, 1985, Beldoch 1964, Leuner 1966).

Más antigua aún, aunque menos popularizada es la idea de la inteligencia social (Thorndike, 1920). No es exclusivamente humana. Multitud de animales, incluso de los menos desarrollados neurologicamente, mantienen relaciones sociales. Basta ver la sincronía de movimientos de un bando de sardinas o el vuelo de los gansos.

En los colectivos es donde es más fácil de apreciar la comunicación, la inteligencia social: desde el mencionado bando de sardinas movido por estímulos elementales de supervivencia, hasta la Asamblea General de la Naciones Unidas, que más le valiera considerar la supervivencia de la especie. Tampoco querria valorar cual es el nivel de inteligencia de unas y otros.

Reducido al plano personal, la inteligencia social es la que permite relacionarse con los demás y la forman una amplia variedad de contenidos y expresiones. Y no, no es reducible a un cociente, aunque se hayan hecho esfuerzos para ello.

Al inteligencia incluye una pléyade de componentes. Algunos son:

  • Habilidades del lenguaje y la conversación
  • Capacidad de escuchar a otros, tanto su lenguaje oral como el no verbal, gestual, etc.
  • Conocimiento de los diferentes roles, de las reglas de relación y su trazado y ejecución
  • Capacidad para entender las emociones de otros, cualquiera que sea la forma como se expresen
  • Capacidad para adaptarse a los diferentes papeles o roles en la vida diaria
  • Conciencia de la propia esencia y de la impresión que se causa en los demás
  • Capacidad para interrrelacionarse y formar redes (…y no sólo “redes sociales cibernéticas”)
  • Habilidad para comprender jerarquías y saber encontrar el propio lugar entre ellas
  • Capacidad para la detección y comprensión de los conflictos y habilidad para negociarlos
  • Capacidad de anticipación ante las actitudes y comportamientos de los otros
  • Ductilidad para adquirir y asumir nuevos conocimientos y experiencias

y, sobre todo, la habilidad para compartir emociones, sentimientos y creencias.

A diferencia de la inteligencia simple ( iba a escribir “bruta”, pero me parece incorrecto. “Bruto”, originariamente es sucio, sin desbastar) que viene dada, la inteligencia social se aprende. Es dependiente de la educación, la experiencia y la evolución de la vida. Y hasta es probable que se imprima en la dotación epigenética, faceta aún por explorar (¿En qué porción de las bases AGTC del DNA reside la metilación determinante de las buenas maneras?, por ejemplo). También se aprenden los idiomas (y los lenguajes, que no son lo mismo) y las culturas, esenciales para la vida de relación.

A este comienzo de curso animamos a los lectores, especialmente los implicados en la evaluación y la educación de los niños, a esmerarse en sus consideraciones de la inteligencia social. Y de paso, echar un vistazo alrededor y ver como está nuestro entorno de inteligencia social…

X. Allué (Editor)

 

(1) Por si acaso a alguien se le ha olvidado: CI = edad mental/edad cronológica x 100
(2) Inteligencia emocional, Daniel Goleman 1995

 

 

Written by pedsocial

2 septiembre 2016 at 11:01

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