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Los husos y los usos horarios

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El tiempo además de ser una realidad, una constante física, es una constante social y ofrece un amplio campo de consideraciones. No menos en la vida de los niños, tanto más cuando la condición de “niño” tiene una evidente connotación temporal. Se es niño durante un tiempo, aunque algunos mantienen con contumacia comportamientos que, de niño, sólo tienen la inmadurez.

Pero los niños viven en el tiempo social en que las convenciones han dado en asignar medidas y establecer límites. Aparte de unas más o menos metafísicas dimensiones de pasado, presente y futuro, las convenciones han diseñado medidas en función de ciertas constantes universales, cósmicas, como son las determinadas por la gravitación universal para los cuerpos celestes, que incluyen este nuestro pícaro mundo. Así, se atribuyen porciones de tiempo a fenómenos, como las vueltas que da la tierra alrededor de nuestro astro más próximo como una especie de pleitesía gravitacional, que llamamos años. O a la pirueta danzarina de dar vueltas sobre sí misma que tiene la tierra, y a cada vuelta llamamos día. Como la apariencia de unas y otras es que lo que se mueve es el sol y en el principio del holoceno había demasiado trabajo cazando mamuts–o conejos–para pensar en otra cosa, ya vino bien adaptar la vida a la luz y a los cambios de estación que el hallarse más cerca o más lejos del sol viene a determinar. Luego se dio en fraccionar años y días según conveniencias, en ocasiones demasiado veleidosas, hasta que hace unos dos mil años, un hombre prudente aunque autoritario, decidió poner un cierto orden que sirviera para todos. Cayo Julio César era un político que, también, ejerció de militar. Cuando alcanzó cierto poder, se hizo nombrar Pontífice Máximo. “Pontifex” viene de los que hacen, o mejor, controlan los puentes, que con el tiempo se habían adscrito el control de los puentes entre éste y el otro mundo. Y, con ello, formado una cierta casta o congregación organizada para un negocio de gran rendimiento, puesto que vendía intangibles. O sea los clérigos. Como tal organización y en normal evolución de las organizaciones, dieron en servir mejor sus propios intereses que los de la gente, y con ello produjeron irregularidades e inconveniencias. Cuando Cayo Julio tuvo la oportunidad, y harto de que las fiestas movibles alterasen sus planes o sus proyectos de campañas militares, decidió cortarles las sesudas cabezas a los clérigos y con unos cuanto técnicos asesores, respetando las festividades que eran populares, organizó la distribución del tiempo de la manera que le pareció racional: empezando por el principio, que en latín es kalendas. De ahí el calendario que, como era suyo, acabó denominándose Juliano. Los romanos eran gente práctica y habían denominado los meses, los cambios de luna, por números. Pero los curas habían asignado algunos a ciertos dioses por las cosas de la devoción y eso se hacía difícil de cambiar. Para cuadrar las lunas con el giro de la tierra sobre el sol, se inventó un par más de los diez que existían: uno con su nombre Julio. Y luego su sobrino Octavio hizo lo mismo con el siguiente, agosto, por Augusto. Los que sobraban siguieron con numerales. El séptimo, septiembre. El octavo, octubre. El noveno mes, ese dichoso que /comienza en los Santos /y acaba con San Andrés , noviembre. Y el décimo, diciembre. Dió al año 365 días y así nos ha servido hasta ahora, con discretas modificaciones, al menos en esta mitad del mundo tardo-romano en el que vivimos. En otras partes, notablemente los chinos, que son muy suyos, o los musulmanes que hicieron otras cuentas, usan los propios. Pero para los negocios, se han adaptado al calendario de Julio César.

Las horas del día para los romanos era una división un tanto arbitraria. Se nombraban por ordinales: primera, segunda, etc., hasta doce. Pero como mediterráneos al fin y al cabo y gente sin prisas, sólo las contaban de dos en dos: prima, tercia, sexta, nona, etc. San Benito, un abad con unos cuantos frailes desocupados o perezosos, estableció que las horas eran para cumplirlas con rezo o ocupación y, a toque de campana, reguló la jornada.

Cuando el mundo se hizo más pequeño y unos intrépidos marinos se empeñaron en darle la vuelta en barco, se fue haciendo evidente que los tiempos de los dias se iban moviendo según el giro de la tierra, y que la división en horas fijas sólo servía para sitios concretos. Es esta tozuda tirania del espacio, que no se mueve aunque lo haga el tiempo. Para cuando consiguieron relojes de precisión y se anunciaba el siglo de las luces, se pudo distribuir el mundo en veinticuatro zonas, que pintadas en el globo terráqueo, adquieren forma de huso: los husos horarios.

Esa veleidad de la gramática española que permite que fonéticamente suene igual “huso” que “uso”, también debiera permitir que cada cual hiciese el uso del huso que más le conviniese. No es así, sin embargo y la pasada noche del sábado hemos vuelto a ser víctimas de una arbitrariedad: el cambio de hora. De los horarios ya hemos comentado en más de una ocasión) https://pedsocial.wordpress.com/?s=Horarios ) en este blog. Pero es que fue en los años setenta del pasado siglo que los propietarios de los principales yacimientos de petroleo del planeta, unos señores vestidos como los Reyes Magos, decidieron cambiar, o sea subir, el precio de su principal riqueza. Como ya habían ganado dinerillo, sus niños habían ido a estudiar a Princeton, a Harvard o a Oxford, y ya sabían de ese misterio de la oferta y la demanda, y de que el precio de las cosas y el valor no es lo mismo. Así que con un gesto contable pusieron en un Ay! las economías occidentales , todas ellas opulentas y grasas, de mantequilla y también de petróleo. Las respuestas histéricas de lo que llamaron “el shock del petróleo” llevaron a reacciones diversas. Entre ellas la de intentar cambiar las costumbres de la gente cambiando los horarios del día y de la noche. La suposición era que con ello se ahorraba luz del día: “Daylight Saving Time“, una majadería inmensa porque la gente enciende o apaga la luz según se vea o no.Y todo ello desde las culturas del norte del hemisferio norte, que en invierno se levantan de noche y se acuestan cuando hace horas que ha oscurecido, sin tener en cuenta que hay mucha gente civilizada, que vive en las proximidades del trópico y que tienen dias y noches formales y regulares de 12 horas. El ahorro lo valoraron en unos 80 céntimos de dolar USA por persona. En aquella época yo no era precisamente rico, pero 80 céntimos al año me pareció una miseria y estaba dispuesto a dárselo a quien fuera y que me dejasen en paz. Recientemente se ha valorado en unos 13 cents. Por 13 cents. me tengo que aguantar y llegar tarde al partido de fútbol, o demasiado pronto a una cita incierta, o perder el bus al trabajo un lunes somnoliento de primavera, que además llueve.

A eso se suma la arbitraria distribución de los usos de los husos horarios. Eso lleva a compartir la hora a gente muy diversa y muy distante. Resulta que Varsovia y Vigo tiene la misma hora, a 3200 km. de distancia, mientras que hay una hora de diferencia entre Vigo y Viana do Castelo que está allí al lado. Los navegantes ingleses impusieron en la época del imperio británico que la hora se midiese desde un barrio de Londres. Greenwich es una zona muy agradable de la gran ciudad, y en Blackheath Avenue tienen el Royal Observatory, que es desde donde se marca el inicio de los tiempos…! Luego resulta que, en realidad el día comienza en un remoto archipiélago polinesio, pero como alli no vive nadie, pues ni caso.

El meridiano de la hora cero pasa por aquí cerca, concretamente por Bujaraloz, que yo lo he visto cruzar la autopista, y se sale de la península por el Grao de Castellón, hacia abajo en el mar Mediterráneo. Eso hace que la mayor parte del territorio peninsular esté al Este (ojo a los acentos!!) y lo lógico es que le correspondiera el huso horario GMT. Pero el último dictador que andaba en líos con los nazis de Alemania, decidió que era mejor alinearse con Hitler en vez de con el Madrid republicano o con Londres, y cambió la hora. Y así andamos. Ya veremos qué sucede cuando se den cuenta de que, y en realidad, llevan la hora catalana, porque sólo Cataluña y Baleares están realmente en el huso horario de GMT +1. “Lo” de Canarias es como una especie descuento sin significado porque siempre es “menos”, sólo para liar a los locutores de radio noveles.

A los niños todo este lío les deberia tener sin cuidado. Pero entre todos hemos decidido someter a los más jóvenes a una férrea disciplina, a la tiranía de lo que marcan artilugios mecánicos (ahora electrónicos) como son los relojes y la credibilidad que les damos los adultos. Los tiempos biológicos tienen su propio desarrollo. y su ritmo ciertos misteriosos condicionantes que hemos llamado ritmos, que con la manía de las esferas del reloj, de las manillas que dan vueltas, circadianos porque dan vueltas cada día. Los animalicos de costumbres, si se les alteran sus ritmos, se les alteran ciertos estímulos, acaban resintiéndose. Esto de los cambios de hora molestan y hasta desazonan a los niños más allá de lo deseable, siendo lo deseable que los dejen en paz. Algo menos en otoño que en primavera, que se les obliga a dormir una hora menos, pero siempre más allá de lo necesario, en aras de un supuesto ahorro que sólo cuantifican las empresas de suministro eléctrico, que ya tienen más que calculado como sacar cada día más beneficio, con cambios horarios o sin ellos.

A ver cuando se acaba esta broma.

X. Allué (editor)

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Written by pedsocial

30 octubre 2017 a 8:00

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