Pediatría social

Blog de la Sociedad Española de Pediatría Social

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Enseñar a pensar a los niños

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schoolUno de esos miles de “twits” que las redes sociales aportan a diario recordaba que A lo largo del proceso educativo, más que enseñar al niño qué pensar hay que enseñarle cómo pensar – R. Sternberg. Me lo “retwiteaba” (Ay!, estos “palabros” nuevos…) C. Martínez, habitual en este blog. La idea me condujo a los siete apartados de las noticias, o de las realidades que encabezan los adverbios:

Qué y cómo, y además cuando, cuanto, dónde y, sobre todo porqué. Queda por ahí colgado el quién, pero en este caso es el propio niño.

Previas quedan algunas consideraciones sobre si hay que enseñar a “pensar” o que pensar es una función autónoma que no se aprende. Así, cuando se enseña, se ofrece información  y sobre ello se enseña a”razonar”. Luego ya “pensará” el niño lo que quiera.

Por otro lado hay quien dice que sólo se enseña a hablar, porque cuando se tiene la palabra se tiene el substrato del pensamiento, incluso si no se habla. Todo ello es un jardín maravilloso en el que no me querría meter sin conocimiento teóricos básicos de Pedagogía que, simplemente, no tengo.

A lo que si me atrevo es a comentar los adverbios de la información. Cuando se enseña a los niños hay que hacerlo todo a la vez y, a veces, casi simultáneamente. generalmente el qué es una pieza de vocabulario, concreta o abstracta, y el cuándo, cuanto y dónde van a ir seguidos. El cómo viene como justificación del proceso y el porqué su componente ejecutivo, utilitario.

Dejo al lector imaginarse ejemplos, porque sirve para casi todo.

El verdadero compromiso es enseñar a los niños sin engañarlos, sin contarles patrañas ni inmoralidades. Enseñar aquello de lo que estamos seguros. De lo que no lo estamos hay que anunciarlo claramente, porque la duda también puede enseñarse.

Grande responsabilidad.

X. Allué (Editor)

 

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Written by pedsocial

13 octubre 2015 at 8:00

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Niños populares y niños impopulares

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niños impopularesLa fortuna reparte características personales a veces muy por encima de la voluntad de la gente. A los niños les pasa: unos caen bien y otros no.

Las capacidades sociales de cada niño van a reflejarse en su relación con los demás pero, sobre todo, en el impacto que tienen sobre los otros. Evidentemente la popularidad no tiene porqué ser un problema, aunque sí un condicionante en otras áreas del comportamiento y, a menudo, un elemento que incide negativamente sobre la impopularidad de otros a los que pueden hacer víctimas ocasionales de bromas y chanzas para mantener el propio prestigio social. Los niños impopulares se van a ver abocados a una existencia de aislamiento pobre autoestima, ansiedad y depresión a partir de las actitudes activas y pasivas de sus compañeros de clase o, incluso lamentablemente, del profesorado. Puesto a darle nombre a la situación, se ha dado en calificarla de disfunción adaptativa social infantil, uno de esos términos que les chiflan a los psicólogos.

Etiología. En la impopularidad de los escolares participan múltiples factores, la mayor parte del propio niño y algunos otros de su entorno familiar y social.

Los niños con dificultades como el déficit de atención, torpeza en sus movimientos y gestos como en los retrasos de la psicomotricidad, los trastornos del lenguaje como la tartamudez o síndromes preautistas, van a impedir en desarrollo de unas capacidades sociales suficientes. Las cualidades del carácter como la timidez, la incapacidad para superar dificultades, la agresividad, sea esta primaria o reactiva a la actitud de los demás, o la peculiaridad o el inconformismo pueden despertar en los coeducandos fenómenos de rechazo. Además, las características físicas como un fenotipo peculiar, ser poco agraciado, obeso, excesivamente alto o desarrollado para su grupo, tener algún defecto físico que pueda atribuirse, erróneamente o no, a descuido o poca higiene, como el acné o la sudoración excesiva, contribuyen al desarrollo de las dificultades.

Otros motivos de popularidad e impopularidad pueden originarse en el entorno familiar y social como es la pertenencia a minorías étnicas o confesiones religiosas que tengan otras concepciones de las relaciones sociales que contribuyen a singularidades que alejan al niño o niña del común de sus compañeros.

La crueldad propia de la inmadurez de los niños, todavía no controlada por la educación y el conocimiento, puede hacer de signos sutiles y menores una apreciación de singularidad rechazable. Los niños pueden decidir que un compañero es “rarito” por factores tan circunstanciales como que se haya incorporado al curso más tarde, vista de forma poco convencional para el medio o tenga costumbres relacionales más o menos insólitas por su origen social, étnico o nacional, como una expresión de xenofobia social, de rechazo al nuevo, ajeno, extraño, extranjero.

Manifestaciones. El niño o la niña impopular pueden mostrar las características que conforman el cuadro de la disfunción adaptativa social que incluye desde dificultades para iniciar el contacto con los otros hasta incapacidad para mantenerlo o saber concluirlo.

Es el niño que no sabe decir ¡Hola!, que no es capaz de seguir el juego y la charla de los otros con fluidez y que luego se cuelga a ellos y se hace “pesado” hasta el extremo de la pegajosidad. Puede tener dificultades en anticipar las reacciones que su actividad o presencia genera y no sabe crear una imagen de sí mismo atractiva para los otros. No verbaliza bien sus sentimientos o no es capaz de comprender los sentimientos de los demás, no contribuye a esfuerzos colectivos y, en cambio, se muestra exigente o demanda atención y ayudas a las que no corresponderá con reciprocidad. También puede ser inoportuno en sus relaciones llegando o proponiendo acciones fuera del “tempo” de los otros. Puede ser incapaz de entender el argot del grupo y tardo en expresarse como ellos. Su participación en actividades de equipo como las deportivas se ve limitada por su torpeza o falta de habilidad por lo que resulta relegado en esas áreas. De alguna forma va a ser considerado por sus compañeros como “pesado”, “estúpido”, “raro”, “torpe” o, simplemente “feo”. Secundariamente a su impopularidad puede mostrar los signos y síntomas de retraimiento, baja autoestima, ansiedad, conductas anómalas o fenómenos depresivos. Los comportamientos pueden ser interpretaciones erróneas de mecanismos de defensa que empeoran la situación como la agresividad o, al contrario, la sobreactuación  hasta hacerse el payaso del grupo. La impopularidad puede repercutir sobre el progreso académico y agravar los problemas de adaptación escolar.

El relato de los problemas puede ser aportado por los padres y ocasionalmente por el propio niño o niña en el curso de una consulta por otros motivos. El facultativo debe indagar la situación de la  habilidades sociales de los niños en la visitas rutinarias inquiriendo sobre si tiene amigos, cual es su relación con ellos, cual es el “ranking” de popularidad de la clase y como se sienten ellos situados. Se puede explorar el comportamiento en relación con actividades deportivas, cual es la participación y qué lugar ocupa, si acaso, en los equipos. Igualmente sobre la participación en actividades lúdicas como excursiones, colonias o actividades extraescolares.

Además puede recabarse información de la familia, los hermanos u otros niños compañeros así como del medio escolar.

Tratamiento. La disfunción adaptativa social requiere una aproximación multifactorial dependiendo de los factores que más incidan en su causa. Los problemas somáticos, defectos sensoriales, deficit de atención o retrasos del desarrollo, requerirán su tratamiento específico. Las recomendaciones  a la familia deben incluir un explicación cuidadosa de lo que son las capacidades sociales de relación, lo que puede precisar más de una conversación, ayudada de ejemplos concretos de situaciones. En los niños más pequeños es importante que los padres acompañen al niño en la escuela o jardín de infancia y participen en su integración en el grupo.

El niño debe ser informado, en la medida de sus capacidades según su edad y su desarrollo de lo que representa su relación con los demás. Se debe intentar identificar uno o más amiguitos con los que intentar establecer lazos de compañerismo y amistad.

Es importante establecer una intercambio de pareceres con el profesorado solicitar el establecimiento de medidas para evitar que el niño pueda ser víctima de agresiones, burlas o abusos por parte de los otros niños. Debe evitarse poner a los niños en situaciones de compromiso para las que no puedan estar preparados y proporcionar a la familia ideas que reduzcan la singularidad del niño en cuanto a sus características físicas, sus ropas o sus actitudes. En la medida de lo posible es conveniente el desarrollo de capacidades y habilidades que puedan hacer al niño más atractivo para sus compañeros, aunque evitando detalles que puedan parecer serviles o coactivos como llevar regalos o caramelos para congraciarse con sus compañeros. Al mismo tiempo es importante reforzar la propia identidad del niño haciéndole ver que no todo el el mundo es igual y que la singularidad es coexistente con la propia estima e identidad.

En algunas situaciones puede ser necesario el soporte psicoterapéutico y la aparición de signos o síntomas de trastornos del humor, depresión o actitudes maníacas será indicación de tratamiento psicofarmacológico. No se trata de medicalizar las relaciones sociales de los niños sinó de encontrar los problemas y adaptarles las soluciones.

X. Allué (Editor)

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Nota: una parte de este texto ha sido publicada con anterioridad en el libro “Pediatría psicosocial”, (ISBN 848473-005-0) actualmente agotado y no fácil de encontrar. Aunque la edición es del año 2000, el discurso mantiene su vigencia.

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14 mayo 2015 at 7:01

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Revisiones preescolares, confidencialidad, etiquetado y derechos de los niños

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Children lineHubo un tiempo en que para entrar en la escuela era necesario un certificado médico oficial. Generalmente lo hacía el médico de cabecera y nunca fue algo más que un requisito burocrático. El valor clínico o epidemiológico de los certificados médicos fue lo suficientemente cuestionado como para que el requisito desapareciera a finales del siglo pasado. Igual que mucho antes también desaparecieron la revisiones escolares masivas: aquellas colas de alumnos para que un médico “les echara las gomas”, les pusiera la prueba de la tuberculina o, incluso, se les sometiera a una radiografía de tórax con lo que se conocía como “fotoseriación”. Eran, como se dice, otros tiempos. No los tiempos de cólera, ni como se dice en los países catalanes “l’any de la picor”, en referencia a epidemias perdidas en la antigüedad, episodios de diarrea colèrica o de sarna que pica aunque no guste, retenidas en la memoria de las gentes. Pero si eran años de tuberculosis, la “peste blanca”, que enfermó y mató a millones, todavía terriblemente endémica en muchos países con el refuerzo que le ha dado la concomitante epidemia de VIH. Se tomaban precauciones bien intencionadas, aunque su eficacia fuese escasa.

El actual sistema asistencial de Pediatría de Atención Primaria ha hecho todo eso innecesario, pero no ha resuelto con claridad el traspaso de información clínica de los escolares al sistema educativo. Salvar esa distancia ha quedado más bien a la decisión de los padres de facilitar información médica en las encuestas que suelen acompañar a los trámites de inscripción. Tales suelen ser diferentes en diferentes áreas del país o escuelas y, en todo caso, de cumplimentación voluntaria. A veces la información se transmite de forma oral: mi hijo toma tal o cual medicina, tiene tal o cual problema sensorial, etc. según el criterio de importancia que los padres por un lado y los educadores por otro le den al tema. Sí se suele exigir un certificado de vacunación.

El puente de dos direcciones de la comunicación padres-educadores no siempre se cruza con fluidez. Padres pueden ocultar o presentar información parcial y educadores limitarse a transmitir informaciones inespecíficas y generales. Las motivaciones pueden ser múltiples. La necesaria protección de la confidencialidad de los datos médicos como pertenecientes a la intimidad, que además intente evitar el etiquetado o la estigmatización de los niños, puede impedir que la atención a los problemas de salud se pueda hacer con eficacia en la escuela. En la dirección contraria, los maestros pueden callarse observaciones sobre un alumno para evitar que se cuestione su criterio o se generen conflictos.

Aún se complican más las cosas cuando intervienen administraciones más o menos mastodónticas o despersonalizadas que, pretendiendo decidir para todos, omiten la necesaria individualización de los casos concretos. Si a eso se suma la incongruencia maligna de algunas administraciones como la que dirige el ministro Wert y su ley, todo puede ser aún peor. No se libra de ello la administración educativa catalana cuando ha anunciado el requisito de que la información social de un niño o una familia debe llevar añadido un informe médico para tener acceso a algunas prestaciones educativas especiales. Esto ha motivado una nueva polémica en los medios por más que la conselleria de Educación haya intentado justificarlo.

Parte de esas decisiones se originan de la publicación de un informe de la Fundación Jaume Bofill, especializada en temas educativos, que explica el círculo perverso existente entre el éxito educativo (o su fracaso) y la pobreza infantil. Lo estúpido es que la conselleria sólo pide el informe médico para las escuelas de los barrios pobres, eufemísticamente descritos como “centros educativos de alta complejidad socioeconómica”. Las administraciones son verdaderos artistas en retorcer los conceptos.

La información clínica tiene que servir para facilitar la asistencia y el cuidado. Si un escolar tiene asma y usa inhaladores o una adolescente está embarazada y no hace gimnasia, tiene que conocerse. Y unos y otros deben ser muy cautos en el uso que se hace de esa información en lo que tenga de confidencial. El respeto al secreto profesional, a todos los efectos éticos, afecta a sanitarios y educadores por igual. Uso esos dos ejemplos porque pronto o tarde los detalles se van a hacer evidentes: uno usando el Ventolín antes del partido y la otra teniendo que cambiar los tejanos por mamitas. Como pueda serlo el uso de prótesis, los defectos físicos o las peculiaridades étnicas.

Aquí, una vez más, los pediatras, los médicos que atendemos niños y sus familias tenemos que imponer algo de sensatez en todo el contexto. Si un niño padece epilepsia y precisa anticomiciales, o es diabético y precisa insulina, su maestro debe saberlo. Si un niño tiene antecedentes de una enfermedad hereditaria, no necesariamente. Si un niño vive en una zona de la ciudad de “alta complejidad socioeconómica”, el médico no tendrá que informar nada diferente de uno que viva en otra de “baja complejidad” pero “alta capacidad económica insolidaria”. Y, en cualquier caso, la responsabilidad del pediatra social no se salda ni se conforma a un “certificado médico”. En todo caso y en todos los casos, hacer siempre que se respeten los derechos del niño, de cada niño, único, singular e irrepetible.

X. Allué (Editor)

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12 marzo 2015 at 12:45

Deberes (“home work”) – II

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DeberesLlevarse trabajo a casa es una realidad en muchísimos ámbitos de la vida productiva. Se hace por necesidad, por acúmulo de tareas, por insuficiencias propias y hasta por vicio o adición (“workaholism”, dicen en inglés, paralelo al alcoholismo).

En el caso de los niños, el trabajo escolar en casa se denomina comúnmente hacer los deberes, o deberes por antonomasia, como si no hubiese otros, contrapuestos a los derechos.

Educadores, pedagogos (que no siempre son educadores), psicólogos, sociólogos, padres y administraciones diversas, no se ponen de acuerdo sobre la bondad, necesidad y conveniencia de que los niños se lleven tareas escolares para realizarlas fuera de la escuela. Digo fuera de la escuela precisamente porque en mi memoria persiste la realidad de completar las tareas escolares en un banco de un paseo y no en casa donde, por cierto, no “había sitio”, no tenía un espacio para tal cosa en la leonera-dormitorio que compartíamos varios hermanos.

Los sesudos responsables de la educación infantil no se han tomado la molestia de preguntárselo a los niños. Los que sí fuimos niños—y nos acordamos—hace tiempo que nos hemos formado una opinión: los deberes representan un reconocimiento de las insuficiencias del sistema educativo formal y una privatización de la escolarización revertida hacia las familias.

La tendencia actual, envuelta en una meliflua y buenista actitud de los responsables de la escolarización, justifica los deberes como una forma de implicar a las familias en el proceso educativo, integrar los diferentes aspectos de la educación entre los diversos escenarios de la vida infantil y reforzar la importancia de los estudios formales entre sectores sociales menos sensibilizados o, de alguna forma, distanciados del sistema educativo o marginados.

Muy lindo, pero irreal. Las tareas escolares para realizar en casa, de entrada, sólo van en esa dirección. De ninguna manera se contempla que el alumnado se lleve tareas domésticas a la escuela. Y me refiero a cosas tan simples como puede ser traerse los achiperres de limpieza del calzado para limpiarse los zapatos en la clase de primera hora de la mañana. O prepararse el bocata del recreo o reproducir una escena teatral de la estima del amor de una madre.

O, también, lo que ya hemos repetido en varias otras ocasiones, que el sistema escolar no enseña cinco cosas que son esenciales en la vida moderna:

A comer

A conducir automóviles

A follar

Informática

Inglés

Todo eso hay que aprenderlo por la calle o en academias privadas

Rectificamos. En los últimos años, la realidad ha obligado al sistema educativo a introducir ordenadores en la escuela—lo que no quiere decir que se enseñe informática más allá del nivel usuario—y el aprendizaje de una tercera lengua se ha hecho obligatorio aunque con resultados precarios. En los comedores escolares se da de comer, pero no se enseña formalmente a comer y, mucho menos, a alimentarse o a disfrutar de la gastronomía.

Añadimos aquí una breve anécdota proporcionada por un conocido cocinero. Le pregunta a una mocita de 3 años y medio cuál es su plato preferido del comedor escolar. Le responde: “No sé. Son todos blancos” (sic).

 

Lo del sexo y la conducción lo dejamos para otro día.

Ordenar tareas para la casa de forma indiscriminada no tiene en cuenta la diversidad social. Muchas familias no tendrán ni el espacio, ni el tiempo ni la motivación, para completarlas. Otras resolverán el tema expeditivamente realizando ellos mismos las tareas. Entre estos extremos hay una miríada de actitudes, experiencias y realidades que con frecuencia no generan más que rechazo, frustración o sentimientos de culpabilidad de padres y alumnos a lo largo de todo el proceso educativo considerado como obligatorio.

Dejamos la discusión abierta para los que quieran asumirla. Pero a los pediatras que se encuentren en su consulta con preguntas o problemas con dificultades relacionadas con los deberes, aparte de descartar causas objetivas que puedan ir desde los defectos del aprendizaje y dislexias diversas, hasta conflictos sociales domésticos, mejor que intenten desactivar la trascendencia de las tareas escolares fuera de la escuela. Tranquilizar a las familias y, si es posible, ponerse en contacto con la escuela e intentar poner algo de razón en los proyectos escolares concretos.

X. Allué (Editor)

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4 marzo 2015 at 9:40

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Porqué los niños no pueden ir al cole andando

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imgresPodría ser una pregunta, pero va a ser una explicación. Una buena parte de los escolares en las zonas urbanas no van a la escuela andando. Sobre todo antes de la ESO, los 12-13 años. Unos utilizan transporte escolar, especialmente los que acuden a colegios concertados porque la distancia puede ser considerable y muchos colegios se han ido desplazando hacia la periferia. La especulación del suelo por un lado y el deseo de una mejora de las instalaciones junto a la ampliación de las áreas deportivas, ha llevado a muchos colegios clásicamente en el centro de las ciudades, hacia el extraradio. Otros son acercados a sus escuelas en el automóvil familiar, generalmente por la madre. La acumulación de vehículos en un tramo más bien breve de los horarios de entrada y salida de los colegios suele producir dificultades a la circulación rodada, asociados al estacionamiento irregular o ilegal de los vehículos. La presencia de agentes de tráfico o voluntarios que regulen los pasos de peatones es ocasional y respetada de forma irregular. En circunstancias de tiempo inclemente, lluvia o frío intenso, las dificultades se multiplican.

Y otras causas. En mi anecdotario particular figura la pequeña historia de la familia que acude a la consulta por un problema de sobrepeso de una niña de siete años. En la entrevista siempre incluyo la pregunta de cómo se desplaza hasta la escuela. Cuando confronto la dirección de la vivienda familiar y la del colegio constato que de una puerta a la otra apenas hay que cruzar una calle y caminar 70-80 metros. Me informan que la llevan en coche!!! Para ello han de dar una vuelta a dos manzanas por ser calles de dirección única. La justificación: “Es que la niña quiere, porque todas sus amiguitas van en coche”, acompañada de una pícara sonrisa de la susodicha. Poco remedio podía ofrecer al sobrepeso. Y dejo los juicios valorativos a los lectores.

Se suma a las numerosísimas mamás petardas, a bordo de un 4×4 enorme cuya única justificación es poder subirse a los bordillos o a los parterres, para ir a buscar a su correspondiente retoño a la puerta del cole.

El comportamiento de los conductores alrededor de las zonas escolares suele ser el de ignorar por completo esa señal característica de un triángulo con la imagen de dos niños corriendo. Y el respeto por el acceso a los autobuses escolares detenidos suele ser igualmente escaso, a menudo acompañada por un concierto de bocinas impacientes.

En otros países una infracción de tráfico en una zona escolar suele estar penada con los máximos castigos. Y, en Suiza, los niños de más de 6 años deben acudir a la escuela OBLIGATORIAMENTE andando. Un conductor que atropelle a un escolar es reo del peor de los crímenes, penado con cualquier cosa justo menos de ser fusilado al amanecer… Como llevan mucho tiempo haciéndolo los incidentes son prácticamente inexistentes.

Esa falta de respeto por los menores en éste país es la causa de que no puedan ir los niños solos al cole caminando. Las consecuencias van desde la perpetuación de las actitudes dudosamente cívicas hasta la obesidad infantil a que conduce el sedentarismo.

Podríamos proponernos, para este año que va a comenzar, un campañita para civilizar un poco este pedazo de mundo más próximo, tan silvestre, agropecuario y majadero, que habitamos.

X. Allué (Editor)

 

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7 enero 2015 at 7:00

Comer en el cole…o no comer

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HHFKASe va acercando el final del curso escolar y con ello el ominoso descanso estival que en este país dura 80 días. Y no decimos “ominoso” gratuitamente. El alborozo que siempre representaba liberarse obligaciones y disfrutar de vacaciones escolares parece que, como tantas otras cosas, pertenece al pasado.

Los que por edad asistimos a la escuela en los negros años del principio de la dictadura padecimos en el ámbito escolar los mismos oprobios que en el resto de la sociedad. Miseria de las instalaciones, represión por docentes autoritarios, celebraciones fascistas cada mañana, monolingüismo impuesto, constricciones morales, obligaciones religiosas  y pobreza educacional conformaban un panorama que hacía de la escuela algo escasamente deseable para los niños. Claro que también era breve, porque la enseñanza obligatoria se acababa a los 10 años.

Mucho han cambiado las cosas y las lacras de la enseñanza y sus insuficiencias se han visto ampliamente superadas en el tiempo y en el espacio. Y en su concepción y desarrollo, aunque algunas mentes perversas como el ministro Wert quieran devolvernos al Pleistoceno.

Las escuelas están ahora mejor dotadas, se imparte una educación libre, dura hasta la adolescencia y es obligatoria, y por lo tanto, universal.

Uno de los avances más importantes, aunque parezca no tener relación directa con el aprendizaje, son los comedores escolares. Aparte de la función nutricional y hasta cierto punto recreativa de la comida del mediodía, también sirve para introducir hábitos alimentarios, disciplina dietética y maneras en la mesa. Lo que permanecía en un  cierto nivel subconsciente era el hecho de que la comida de la escuela, para muchos, era la única comida del día.

Esta constatación, conocida de antiguo por el personal docente, ha irrumpido en la conciencia pública con motivo de la prolongada y profunda crisis económica, que está castigando especialmente a los colectivos menos favorecidos en el estado de bienestar que nos hemos ido dando. El verano pasado la publicación de un informe sobre la nutrición de los niños en Cataluña de la oficina del Defensor del Pueblo del que ya nos hicimos eco en este blog en varias entradas (Hambre y penurias I, II y III ).

Pues la proximidad de las vacaciones estivales anuncian 80 días de alimentación problemática a los niños que dependen de los comedores escolares para su subsistencia.

Y muy lamentablemente esto sucede en muchos sitios. la Academia Americana de Pediatría, que representa a más de 62.000 profesionales, dirige a los miembros del todopoderosos Congreso de los EEUU una carta insistiendo en la necesidad del mantenimiento de los programas de alimentación Healthy, Hunger-Free Kids Act of 2010 (HHFKA) regulados por el gobierno federal de los EEUU.

El problema sigue siendo que la alternativa a comer en la escuela puede muy bien ser no comer…

X. Allué (editor)

Written by pedsocial

12 junio 2014 at 10:51

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Deberes (homework) ¿Si o no?

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homeworkCharlando estos días en Madrid, en el congreso de Pediatria social, algunos colegas me comentaron sobre la dedicación que podía requerir mantener este blog. Trabajo es, pero bien remunerado en satisfacciones.

Uno de mis nietos me acababa de preguntar “… si estaba haciendo los deberes…”. En realidad sí, porque estaba corrigiendo evaluaciones del máster “on line” en el que participo en la Universitat Oberta de Catalunya una universidad internacional totalmente por vía telemática. Cuando le he preguntado si había hecho los suyos y me ha contestado que si, le ha faltado tiempo para comentarme que no le gustaba nada y que le parecía injusto, mientras que sus padres no se llevaban trabajo a casa. Todo ello con justificaciones diversas porque algunos de mis hijos realmente trabajan en casa, con aplicaciones telemáticas.

En la reunión familiar del fin de semana, a la que llegué tarde por viajar desde Madrid, el tema de si deberes sí, o deberes no, ya había dado varias vueltas y discusiones. Las posturas se relacionaban más con las peculiaridades personales que con razonamientos pedagógicos a pesar de haber en el entorno varios enseñantes.

¿Mi opinión personal? Pues como casi todo en Pediatría va a estar condicionado por la edad. Que si mejor para los escolares más pequeños y menos para los adolescentes, etc. El único valor que le concedo a las tareas escolares en casa es de carácter cultural: sirve para involucrar a toda la familia en el proceso educativo formal. La escolarización está presente en la familia y las siguientes generaciones  van incorporando la idea de que “hacer los deberes”, con toda su connotación de deuda, es la forma de preparar y planear trabajos.

El valor pedagógico se me aparece como nulo. Más dependiente de las familias que de los niños. E injusto por cuanto extiende la jornada escolar más allá de lo soportable en buena ley.

Pero bueno, es un tema para el debate.

X. Allué (Editor)

Written by pedsocial

28 noviembre 2013 at 6:34

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