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Los niños y la autoridad

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Los niños aprenden a entender qué representa la autoridad de forma natural…o quizá no. La autoridad existe en las comunidades humanas desde la Prehistoria, probablemente como un trasunto de la jerarquía. Y de ésta, la más evidente es la que confiere la edad. Pero como tantas otras características de la convivencia son parte de la cultura. Y la cultura se aprende; sobre todo si se enseña.

El respeto a la autoridad parental se va a adquirir a partir del primer año de vida, tan pronto como el niño entiende la negación. Se aprende antes a decir NO que a decir SÍ, entre otras cosas porque es más fácil. Decir que no a algo puede y a menudo lo hace, concluir el encuentro. Después del no ya no hace falta que pase nada más y no compromete a nada más. Decir que sí compromete a lo que quiera que se haya demandado; exige algo más. Los ejemplos ponedlos vosotros mismos.

La autoridad paterna viene avalada por lo que aporta: padre o madre aportan alimento, confort y protección. Por elemental que sea, adaptarse a la autoridad del proveedor llega más allá del interés propio. Pero, además, la autoridad parental viene, o por lo menos debe venir, acompañada de cariño. El natural amor maternal debe fluir de forma unidireccional. Y cuanto más mejor. Y es a a partir de ahí que puede implantarse la autoridad. Entre el primer y el segundo año de vida, cuando apenas el niño adquiere conciencia del ser propio, es cuando se deben implementar las limitaciones a la espontánea actividad del niño e imponer las más elementales de las normas: esto no se hace, esto no se toca…etc. que naturalmente pueden ser límites más o menos coercitivos que sólo triunfaran si se acompañan de una amable justificación. Amable y amorosa.

Entre eso y educar a los niños poco después al respeto a los que son mayores o ajenos al núcleo familiar, queda muy poco espacio que debe cubrirse activamente. Probablemente lo simple son las normas de urbanidad: saludar, besar, decir su nombre, decir “Buenos días” y “gracias”, por más que sean convenciones, sientan las bases del respeto hacia los otros.

La educación formal, la escolarización, será el principal contribuyente al conocimiento y respeto a la autoridad. Todos los estudios criminológicos coinciden en que el rasgo más común de los delincuentes es una escolarización deficiente. Más que la desestructuración familiar o la marginación.

El respeto a la autoridad escolar debe ser reforzado en casa por las familias. Cierto es que no todas las escuelas ni todos los maestros serán perfectos. (Ni los confesionales donde han abundado los abusos sexuales y demás). Pero se debe mantener la confianza en que los profesionales y las normas de las escuelas existen para el beneficio de los niños.

Otra cosa es la relación con la autoridad constituida y sus agentes.

“Un día en las carreras/rompimos un cristal
Al ruido que produjo/ llegó un municipal
¿Como te llamas niño?/ me llamo Nicolás
Ahora mismo a la cárcel/ por haber roto un cristal
Perdone señor guardia, que ya no lo haré más”

 

Esta cancioncilla para saltar a la comba forma parte de mi memoria infantil. Quizá algunos la recuerden. La travesura que lleva a la presencia de un guardia municipal evoca un funcionario público, generalmente ya algo mayor, bonachón y comprensivo…

Lamentablemente la infancia que transcurrió en los años negros de la dictadura de la segunda mitad del siglo pasado dejó un rastro de fuerzas del orden de carácter esencialmente represivo. La enorme distancia entre un “bobby” inglés, con casco y pito, nunca armado y servicial, y los policías y guardiaciviles, no se ha salvado en el ya largo período de democracia parcial. A la mayoría de la población española las fuerzas del orden le despiertan más temor que respeto. Lamentablemente. Los esfuerzos de los nuevos cuerpos como la Erzaina y los Mossos d’Esquadra en ofrecer otra imagen y actitud siguen costando bastante de constatar.

Aún dejando aparte la terrible experiencia del asalto a las escuelas catalanas el 1º de octubre de 2017, enseñar a los niños que los guardias están de su parte y no en su contra aún resulta dificultoso en esta parte del mundo. El equipamiento, la actitud, hasta la postura de los profesionales de los cuerpos policiales retienen un aspecto más agresivo que cooperador. Obviamente que las policías existen para protegernos de los malos, pero por fortuna los malos no son tantos y, al parecer están en otro sitio y no en mi calle o en mi parque. La ominosa amenaza del terrorismo internacional hace tiempo que hemos entendido que no se conjura con presencia policial.

Todo ello hace más difícil que en la educación de los niños se incluya con fluidez el respeto a la autoridad constituida, aunque no debe por ello dejar de intentarse. Con paciencia y ayudando en las oportunidades que existan. También creemos que una buena parte del esfuerzo lo deben hacer los propios profesionales del orden y sus mandos, confortablemente instalados en un espíritu represivo que hace algunos decenios debían haber dejado atrás.

De las otras autoridades constituidas, como las gubernamentales y las judiciales, actualmente sumidas en polémicas estructurales e inconsistencias vergonzantes, mejor lo dejamos para otro día.

El respeto a la autoridad ciertamente se educa. Pero las autoridades, parentales, policiales o gubernamentales deben ganárselo cada día. Pregunten a los niños…

 

X. Allué (Editor)

 

Written by pedsocial

10 octubre 2019 at 18:39

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Los niños y la política

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Papa, bebe y cola de votantes CataluñaO la política y los niños… Parece como si fueran dos cosas que no casan. ¿Meter a los niños en política? Con la que está cayendo en este país (por España) fuera una imprudencia rayana en el maltrato infantil: políticos corruptos, ineficaces, puteros, ladrones ¿qué más?. El desprestigio de los políticos como clase difícilmente puede alcanzar cotas más bajas ( o quizá altas: gran desprestigio/profundas simas de desprestigio).

Afortunadamente esto se refiere a los profesionales y, también por fortuna y aunque parezca al contrario, no son todos. Soy de los que sigo creyendo que la política, el servicio a los ciudadanos, sigue siendo una actividad loable y necesaria. Claro que eso también puede decirse de las putas…

En serio, la política es un ámbito social de notable importancia y la pediatría social no se puede ver ajena a lo que representa. Probablemente una buena parte de la actividad de los pediatras sociales como grupo, lo que esta sociedad representa, va dirigida a promover, modificar, alumbrar, reforzar, conducir y desarrollar políticas que redunden en el beneficio de los niños y sus salud.

También hay muchos padres que entienden que sus hijos deben conocer y participar, desde su nivel, en la política. Y algunas escuelas que fomentan la participación y la responsabilidad. En una de mi entorno próximo, los alumnos de 4º, 5º y 6º convocan y llevan a cabo una asamblea cada viernes: aportan un tema, lo discuten entre todos y lo aprueban o rechazan, con la natural ayuda de los maestros. También evalúan actitudes de unos y otros y las aplauden o censuran colectivamente.

En la reciente (y peculiar) votación llevada a cabo en Cataluña, muchos padres fueron con sus hijos a los centros de participación. Además se autorizó el voto a partir de los 16 años, claro nivel de edad pediátrica (!). Pude ver a un padre ofrecer a su hija de 9 años que se leyera la papeleta y realizase su opción. Tras mirárselo unos momentos estampó sus cruces donde creyó oportuno y el padre depositó esa papeleta cuando le llegó el turno. “Es por su futuro” me dijo.

Creemos que es bueno y benéfico acercar los niños a la política; les ayudará a ser adultos responsables. Mientras, y lamentablemente, nuestro gobierno prefiere seguir tratándonos a los adultos como si fuésemos niños.

X. Allué (Editor)

 

(Foto: Papá, bebé y cola de votantes en Cataluña 9N)

Written by pedsocial

12 noviembre 2014 at 17:43

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