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Estupidez parental

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Not her cup of teaPadres estúpidos sería un mejor titular, pero he preferido dejarlo como genérico. Y todo sea sin ánimo de ofender, aunque si quiero recordar el refranero: “El que se pica, ajos come“.

La cuestión no es que haya padres estúpidos, ni que se vuelvan estúpidos por la paternidad. Es que, como dice la Biblia, el número de los estúpidos es como el de las arenas del desierto. Hay muchos. Y no existe una forma legal de impedir que tengan hijos.

Como a cualquier otro profesional me ha tocado lidiar con la proporción de estúpidos correspondiente a mi ocupación, para mi desesperación y para la desgracia de los niños. Me los he topado de ambos sexos y del otro, de todas las edades: primerizos y veteranos, que ya es dolor. Incluso transgeneracionales cuando abuelos acompañan a la familia a la consulta, con la tremenda carga hereditaria que todo eso representa.

Debo aclarar que he tratado a todo el mundo con la mayor consideración y la mejor educación posible, me he comido mi indignación y sólo en muy escasas y extraordinarias ocasiones he actuado punitivamente contra la estupidez. Sólo cuando la salud, la integridad y posiblemente la vida del niño estaba en peligro. Por acción punitiva debe entenderse poner el caso en conocimiento del juzgado correspondiente o de los servicios sociales de protección a la infancia. Siempre me he resistido a darle un mamporro al estúpido o estúpida por más que se lo mereciese.

También debo aclarar que mi criterio de selección de estúpidos se centra en eso que se conoce como sentido común, a pesar de ser el sentido común, como dice el antropólogo Clifford Geertz, una construcción cultural. Digamos que el mío se enraíza en lo que así se entiende en las sociedades occidentales urbanas en relación con la crianza y atención de los niños. No siempre es fácil y no tengo la seguridad que fuera siempre justo. La definición que aporto de estupidez no se refiere a limitaciones básicas intelectuales como la oligofrenia o el retraso mental. Entiendo la estupidez parental como aquellos aspectos de comportamiento, de la conducta, de ausencia de criterio, coherencia, consistencia y elemental prudencia. De alejamiento de la realidad, egoísmo insustancial (e insustanciable), insensatez, tendencia a los errores repetidos y contumacia en ellos.

El anecdotario podría ser ilustrativo, pero no me atrevo a aportarlo pues, al ser diverso, podría dar lugar a interpretaciones múltiples por no haber expuesto los detalles con suficiente claridad por mi parte. Bueno, uno sólo:

Un preescolar de 18-20 meses es ingresado por unas quemaduras leves, al parecer accidentales. Al revisar la historia resulta ser el tercer ingreso por problemas traumáticos a esa corta edad. Cuando me dirijo a ver al niño me encuentro al padre en la sala de juegos de la planta jugando con el niño con un mechero de gas, encendiéndolo con la llama al máximo. Tras reprenderlo mínimamente, inquiero por el origen de las quemaduras motivo del ingreso y el personaje me explica que al niño lo ha quemado la madre que fuma mucho y que justo en ese momento ha salido a fumar al pasillo. Entra la dama, una “barbie” con todas la pinturas de guerra, quien al hacerle notar los riesgos repetidos responde que el niño es suyo y que ellos hacen lo que quieren con él.
Al juez. Les retiran la patria potestad y se inicia un procedimiento judicial.
A la mañana siguiente me anuncian la presencia de un señor (un señor muy señor, dice la administrativa) que quiere verme. Este tercer personaje, un prestigioso abogado local, elegantemente vestido con un terno de raya diplomática y portando un carterón, se identifica como el abuelo paterno del niño y en la misma frase incluye ese consabido “…y usted no sabe con quien está hablando…

 

Supongo que a esta altura del relato alguno puede preguntarse por cual de las ventanas del hospital pensaba tirarlos a los tres. No fue ese el final de la historia y tampoco hace al caso. Sólo señalar que el niño fue debidamente protegido. Pero, y lamentablemente, esos grados de estupidez no tienen remedio.

Conviene mantener la vigilancia y la serenidad en todos los casos. Hay que pensar sobretodo en qué es lo mejor para el niño. En caso de entender que éste precisa protección fuera del ámbito familiar, recoger cuidadosamente todas las pruebas y los testigos que puedan conducir a una solución efectiva del contencioso que indudablemente ocurrirá. Y atrincherarse para la siguiente ronda, que habrá más.

X. Allué (Editor)

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Written by pedsocial

27 abril 2015 at 6:27

Padres incompetentes

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images-1En la cosa esta de la perpetuación de la especie hacen falta dos. Por ahora, lo mismo “in vivo” que “in vitro” y mientras esa perversidad de la clonación no esté operativa, para que una mujer conciba hace falta la aportación de un hombre. Pequeña aportación pero esencial.

En muchos modelos de sociedad, no precisamente modélicas, esa puede, y a menudo suele, ser la única y última aportación del varón al proceso de reproducir eficazmente seres humanos. Lo que viene después de la incorporación del espermatozoide al óvulo, nueve meses, 40 semanas, de embarazoso embarazo, con sus vómitos, insomnios, acideces de estómago, hinchazones diversas, ecografías y dolores de parto, sólo para empezar. Y los siguientes 25 años o más de pañales, chupetes, carteras, yogures, primeras comuniones, varicelas, trompazos en bicicleta, sustos de media noche, primeras reglas, borracheras iniciáticas, suspensos, novietas inaguantables, novietes chulos, guardias a la puerta trayendo al descarriado, nueras histéricas, consuegros pelmazos y toda esa pléyade de malandanzas parecen esencialmente construidas para las madres. Las madres sufren. ¡Cuánto sufren las madres!

Mientras tanto, los responsables de la puesta en marcha del proceso, al mismo tiempo que se abrochan la bragueta tras su faena, inician un largo período de despreocupación que muchos prolongan de por vida.

Algunos, pocos, no. Se desvivirán por acompañar a la preñada esposa, le prepararán tisanas para su hiperemesis gravídica, jurarán castidad durante la gestación, sostendrán su mano en el trago de parir con cara de memo, levantarán el nuevo nacido al aire con orgullo y progresarán en su ruina pecuniaria dejándose la nómina en potitos de farmacia, cochecitos de bebé con ABS, dirección asistida y elevalunas eléctrico, libros escolares destinados a la papelera, videojuegos odiosos, vestiditos de puntillas inmediatamente arruinados por un helado de chocolate, comuniones con presupuesto de cumbre europea, bicicletas de dos, tres, seis o infinitas ruedas siempre pinchadas, matrículas escolares a precio de máster en Harvard, o másters en Harvard a precio de viaje a la luna, vestidos de novia para una boda con divorcio a menos de seis meses, interrupción de un embarazo loco de la hija de la portera, motos de dieciséis cilindros y toda la otra juguetería a la que les aboca el dios Consumo.

Unos y otros no llegarán nunca a saber que la paternidad no es eso. En la ignorancia o en el barullo no descubrirán que un edificio que toma más de veinte años para construirse tiene la complejidad de una catedral. Necesita un diseño previo, unas bases sólidas y una ejecución exquisita si se ha de mantener erguido casi un siglo, que es lo que está viniendo a durar una vida humana. Hay que proveer y prever. Acompañar cada momento con intención.

Amar con amor de padre que no puede ser totalmente desinteresado porque interesa que el niño proyecto de hombre se consolide. Amor que no puede ser ciego porque entonces no verá los numerosos obstáculos del camino.

Conducir, sobre todo en los trayectos largos, y evitar que se desvíe de un camino que nunca será recto, ni falta que hace, pero del que no debe salirse. Y conducirse, que de su conducta sacará el hijo los ejemplos y modelos para su vida.

Tampoco en la paternidad hay inocentes. Los padres de todos los culpables saben, aunque simulen que lo ignoran, donde sus incompetencias desorientaron al hijo y le condujeron a su desdicha.

X. Allué (Editor)

 

 

Written by pedsocial

29 septiembre 2014 at 6:13

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