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La percepción de la muerte en la infancia

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Hablar de percepciones siempre es algo impreciso, difícil de generalizar y variable. Lo que piensan los niños de la muerte lo es. Depende de edades, experiencias y momentos. La mera anteposición de vida o muerte tampoco se plantea hasta ciertas edades.

Sin embargo los niños conocen, utilizan y hasta sufren con la muerte en su entorno. Menos claro queda cuando se trata de la muerte propia.

Este blog no da para un ensayo profundo del tema, pero si para poner sobre el tapete (la pantalla del ordenador) que para los profesionales de la asistencia sanitaria es conveniente obtener algún conocimiento de la percepción de la muerte que puedan tener sus pacientes.

Probablemente mientras persiste el pensamiento mágico, hasta los seis o siete años, la muerte es un fenómeno que les pasa a otros y no reviste un carácter ominoso y definitivo. Aunque hayan contemplado la muerte de algunos seres vivos, insectos, pájaros o mascotas, la visión más común será la que adquieren en juegos o en los dibujos animados del cine o la televisión. Los personajes pueden padecer tremendos descalabros, caídas o aplastamientos de los que se recuperan sin transición en la secuencia siguiente, ya sea el coyote del Correcaminos, el gato de Tom y Jerry o el mismísimo Bob Esponja de los pantalones cuadrados (SpongeBob SquarePants). Un montón de juegos de videoconsola consisten en “matar” algo o a alguien, que luego se traduce en un simple número de los resultados. Incluso en la adolescencia, las “muertes” en las pantallas de cine o cualquier otro sistema de imágenes, no pasan de tener una realidad fugaz y distante. No afecta a nadie conocido y son “los malos”, los indios que asedian el fuerte, los talibanes que enboscan a los marines, los narcos que quieren secuestrar a la chica…

La propia liturgia funeraria cinematográfica reproduce con frecuencia la liturgia militar norteamericana: un enterramiento en la tierra de un montículo con césped, un ataúd cubierto con una bandera de colores vistosos, una escuadra de fusileros disparando salvas y todo ello bajo la lluvia y los acordes de “Amazing grace” tocados con una gaita escocesa.

Cuando era niño, vivíamos en la plaza donde estaba la parroquia del barrio. Recuerdo con que frecuencia desde la ventana veía un cortejo fúnebre de un niño. El servicio de pompas fúnebres disponía de varias carrozas negras tiradas por caballos empenachados. Y una totalmente blanca, tirada a su vez por caballos píos que llevaba un ataúd pequeño blanco, del que colgaban una cintas que portaban andando al lado de la carroza los amiguitos y compañeros de escuela del niño difunto. Por entonces los niños se morían y los niños lo sabían. De enfermedades infecciosas, de malformaciones… uno de cada veinte antes de los cinco años. En cada bloque de casas había una familia que había perdido un hijo. La muerte infantil formaba parte de la realidad social.

La muerte de las generaciones superiores, abuelos o padres, cuando no sucedan en la inmediatez, se funden con la ausencia. Los que ya no están.

Los niños que padecen enfermedades crónicas pueden sentir la proximidad de la muerte propia. Especialmente los que, en hospitalizaciones prolongadas, pueden llegar a contemplar la desaparición–la muerte–de otros niños hospitalizados, como puede suceder en los servicios de Oncología.

Cómo gestionar el conocimiento de la muerte es una tarea ardua, difícil y comprometida. Ya lo es cuando hay que llevar la idea a los familiares del niño. Para hablar con el niño es conveniente asignar la tarea a quien más experiencia tenga, no dar nada por supuesto y manejarse con prudencia extrema. Es mejor mantenerse alejado de los peculiaridades simbólicas y religiosas, cuya percepción es difícil de conocer en los niños y, en la medida de lo posible, evitar los dolores y dificultades y separarlos de la propia muerte. En algún punto hay que recordar que la muerte no duele.

Tema aparte es la consideración de la muerte propia autoinfligida: el suicidio. Eso, otro día.

X. Allué (Editor)

 

 

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Written by pedsocial

22 enero 2019 at 6:44

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Ritos Funerarios

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Una parte de este texto ya la hemos publicado en otro lugar, pero aprovechamos la coincidencia con las celebraciones de los difuntos para traerlo aquí.

Los ritos funerarios, por ritos y, además, por funerarios son temario apetecible de antropólogos y estudiosos etnógrafos por lo que tienen de observables y, a veces, de espectaculares. El corpus literario antropológico de los “ritos funerarios” de buen seguro que es inacabable. En Google tiene 132.000 entradas y revisando las primeras 100, a cual más sustanciosa. No creo que haya etnógrafo que se precie que no haya escrito alguna vez alguna pieza sobre la muerte y el tránsito al más allá, aunque sólo sea para exorcizar sus propios miedos y tabúes.

Nuestros colegas paleoantropólogos de Atapuerca están muy orgullosos de algunos de sus hallazgos relacionados con ritos funerarios: “el equipo de investigación de Atapuerca apoya la hipótesis de que la Sima de los Huesos es una acumulación intencional de cadáveres. Esto significa que posiblemente nos encontremos frente al testimonio más antiguo de un comportamiento simbólico, quizás funerario, de la historia de la humanidad”, dice la web de la Fundación Atapuerca.

Pues desde esos 450.000 años hacia acá que Homo hildelbergensis, neandertal,  sapiens o menos sapiens, viene demostrando su conciencia del yo inteligente o inteligible trascendente mediante rituales funerarios. O sea que ha habido tiempo para todo.

Entre el humus y el humo

Uno de los factores “nuevos” es la distribución casi al 50% de la disposición de los cadáveres entre el entierro, ya sea en tierra o en nicho y la cremación, con sus razones económicas, ecológicas, demográficas y hasta industriales.

De estas últimas no menor es la necesidad de la disposición de las dioxinas (conviene leer el link) resultantes de la combustión de los cadáveres en la incineración. Que las pocas plantas de eliminación de dioxinas estén en la proximidad (Barcelona) tranquiliza poco.

La disposición de los restos incinerados aparece como un nuevo problema además. Recientemente el ayuntamiento y la Autoridad portuaria de Barcelona han llegado a un acuerdo para la prohibición del lanzamiento de cenizas y, posteriormente de la correspondiente urna de cerámica, en el espigón del rompeolas del puerto por la acumulación que se estaba produciendo (sic!).

La competencia

El tránsito hacia el más allá es una premisa común en todas las religiones, cuya realidad comporta la creencia en lo trascendente que normalmente lo sitúa, como se dice, más allá de la duración de la propia vida. Desde las cuevas del paleolítico hasta el mausoleo de Lenin en la Plaza pasando por las pirámides de los faraones o los cementerios ajardinados de la Normandía, la glorificación de los que nos dejaron ha sido una constante de la humanidad. Las prácticas y ritos funerarios tienen una amplia representación en la mayoría de las religiones. Así también las actitudes o reticencias en relación con la manipulación de los cadáveres, incluyendo la práctica de autopsia clínicas, donación de órganos, embalsamamiento y disposición de los cadáveres—enterramientos, incineración, etc.—que pueden diferir notablemente unas y otras. Los estados suelen establecer precisas normas de policía mortuoria que determinan parte de las decisiones en los casos. Aparte quedan las costumbres, los ritos y las ceremonias que, aunque no tengan naturalmente ya repercusión sobre la salud de los pacientes, si que pueden crear controversias o dificultades al personal asistencial, quien debe tener en cuenta las peculiaridades culturales y religiosas de los pacientes y sus familias. Precisamente la religión cristiana y su representante más mayoritario, la Iglesia católica ha mantenido durante siglos el monopolio de la tanatopraxia litúrgica, pues esa es la competencia con que se enfrentan los empresarios de las, así llamadas, Pompas fúnebres.

La Iglesia católica, como administradora del acceso al más allá, emite certificados de garantía de ascenso a los cielos para unos pocos: los santos. Para los demás establece unos ejercicios que se pagan para interceder al eventual ascenso, previa o no una estancia en el Purgatorio, aunque últimamente esa estación está algo devaluada. [1] El monopolio ha sido tan extenso que el anagrama, iconograma (††) o, si se quiere, el logotipo, la marca de fábrica, se ha convertido en el símbolo de la muerte más comúnmente utilizado en Occidente desde hace siglos. Las otras confesiones monoteístas han adaptado los suyos mucho después.

Sin embargo, en la fase postconciliar de la historia reciente, al menos en este país, la Iglesia católica ha abandonado la demostración pública de algunos rituales perifunerarios como la conducción del viático y los santos óleos del sacramento de la Extremaunción.

Cabe preguntarse cuanto cambio ha habido en la relativamente común cesión de bienes terrenales en herencia a la iglesia, conocida fuente de ingresos patrimoniales, precisamente esos que ahora permanecen sin cotizar impuestos de bienes a ayuntamientos y estado. Tal era una parte oculta del ritual, ¿no?

El turismo de la muerte

Si se excluye el turismo de sol y playa y los cruceros, la mayor parte de los viajes de ocio que se incluyen en el epígrafe de “turismo cultural” tiene como destino monumentos o lugares de memoria de muertos. Y eso no es nuevo. Las peregrinaciones hace siglos que tienen como destino tumbas veneradas: Tierra santa y las cruzadas, la Meca y su al Hajj y la probablemente más antigua del Camino de Santiago, fuese su tumba o la de Prisciliano, han movido y mueven multitudes.

Napoleón viajó hace doscientos años, aunque con propósitos diversos, a ver en las pirámides las tumbas de los faraones. La tumba de Lenin en la Plaza Roja de Moscú continua provocando colas. El cementerio de Père Lachaise en Paris o el de Arlington junto a la capital federal norteamericana de Washington son citas obligadas de miles de turistas. Como lo es el cementerio Staglieno de Génova o los de Normandia de los muertos en la invasión aliada de 1944 . En categoría similar están los museos de los campos de exterminio nazis o los sitios en los que tuvieron lugar batallas memorables, ya sea Bastogne, Stalingrado (Volgograd), o Gandesa.

El interés en muchos edificios religiosos se amplia al ser a menudo el lugar de enterramiento de personajes más o menos notorios de la historia. Y las tumbas de muchos próceres, además del mencionado mausoleo de Lenin, como el Taj Mahal, la tumba de Napoleón en los Inválidos o la de Kemal Attaturk en Ankara, recogen miles de visitas.

Luego, en cada lugar y en cada cultura, los rituales funerarios adquieren personalidad propia.

Al fenómeno biológico de la muerte sigue el social de las exequias. En el caso del fallecimiento de niños, tan afortunadamente infrecuentes hoy dia en nuestra sociedad, la misma infrecuencia hace que los rituales hayan perdido consistencia. Incluso que no tengan lugar, aunque en cada sitio se pueden apreciar diferencias.

Los que se ocupan de la atención a la infancia deben disponer de información y haberse creado una idea de los que se suele y se debe hacer en esas circunstancias en cada lugar y en cada grupo social y cultural. El pediatra que cumple su función al notificar a unos padres del fallecimiento de su hijo, debe preparse para reesponder a algunas preguntas sobre la pertinencia o no de los ritos y aconsejar adecuadamente a las familias.

X. Allué (Editor)


[1] Poca broma: las animas del purgatorio tienen página web : http://www.lasalmasdelpurgatorio.com

Written by pedsocial

1 noviembre 2012 at 4:08

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La cultura de la muerte-Ritos funerarios

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Los próximos dos días voy a asistir al XII Coloquio de la Red de Antropologia Mèdica (REDAM) dedicado a las NUEVAS TENDENCIES SOCIALES Y CULTURALES DE LA MUERTE que se celebra en Tarragona, en la Universitat Rovira i Virgili (URV). Puede parecer un tema duro y/o macabro, pero los profesionales participantes tienen muy claro que el proceso de la muerte, desde el punto de vista de las Ciencias Sociales tiene una especial representación y significado en las sociedades modernas.

Recuerdo que, de niño, vivía en una plaza de mi localidad que presidía la parroquia de San Juan. Con una cierta frecuencia se celebraba en la parroquia el entierro de un niño. Coche fúnebre banco, tirado por dos caballos píos, del pequeño féretro salían una cintas también blancas que portaban media docena de niños, amiguitos, hermanos o compañeros del difunto. Eran años, en plena postguerra del hambre y la represión en que la muerte de niños era un acontecimiento común. La tuberculosis, la meningitis epidémica, el sarampión o la polio se llevaban por delante gran cantidad de vidas jóvenes. Para cuando empecé a estudiar Medicina, en los años 60, la mortalidad se había reducido notablemente pero aún, en el servicio de Pediatria del hospital universitario, se moría por lo menos un niño cada día. La muerte infantil era una realidad que necesitaba una gestión social, funeraria.

Hoy día la rareza de la muerte infantil en nuestra sociedad ha modificado notablemente los ritos funerarios infantiles, prácticamente reducidos a la intimidad familiar. Todavía, la muerte de un hijo es lo peor que le puede suceder a unos padres: no está en el guión, no se espera ni es posible planearlo. Nunca hay buenas explicaciones y siempre sobrevuela una sensación de impotencia que, a veces, se proyecta sobre médicos y cuidadores en busca de culpabilidades supuestas. Con esas y otras connotaciones, las dificultades del duelo, restado de expresiones públicas con algún efecto catárquico, se suele ver precisado de mayor y más intenso soporte psicodinámico o farmacológico.

Resulta difícil ofrecer recomendaciones para la participación de los profesionales sanitarios en el duelo o las exequias. Depende mucho del entorno sociocultural y aún, éste no es uniforme. Las opciones van de la sinceridad a la comprensión, la abnegación, la solidaridad o el afecto, siempre desde el plano de la más estricta profesionalidad. Y recabar la ayuda de los más expertos que, en estas materias y por razones cronológicas, suelen ser los que llevan más tiempo en el ejercicio y han vivido más experiencias.

X. Allué (Editor)

Written by pedsocial

7 junio 2012 at 6:45