Pediatría social

Blog de la Sociedad Española de Pediatría Social

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El riesgo, las conductas de riesgo y las aseguradoras.

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Sempre me ha intrigado la asignación en español a la asistencia sanitaria de la denominación de Seguridad social. O aún peor, el “Seguro”. En una pulsión un tanto orwelliana que en “1984” veía que el ministerio de la Paz administraba la guerra, el de la Abundancia la mera supervivencia, en esta parte del mundo se ha adscrito el Ministerio de trabajo al desempleo y el de Salud a las enfermedades. Cuando se habla del “seguro de enfermedad” no acaba de quedar claro qué te aseguran, porque lo que es seguro es que algún día enfermarás.

Obviamente que, sin jugar con el lenguaje, lo que se pretende es ofrecer una asistencia cuya financiación sea compartida entre todos y, además, administrada por el estado. En otros sitios la administración la llevan compañías de seguros privadas, es decir, con ánimo de lucro. Con accionistas que esperan recibir dividendos por haber aportado capitales. También funciona aunque, digan lo que digan, es mucho más caro, costoso. Y nunca acaba por cubrir todos los supuestos, especialmente los tratamientos más caros o complejos. Pero ha sido la irrupción de compañías aseguradoras con sus actuarios lo que ha modulado toda la actividad asistencial y ha acabado introduciendo las ideas del riesgo. Cuando los aseguradores hablan de riesgo lo hacen desde la vertiente financiera. no es tanto el riesgo de que el infortunio lleva a accidentes o enfermedades, sino que el riesgo es para la compañía que le costará más dinero la compensación de los daños. Lo que acaba preocupando al actuario no es que el asegurado sufra, sino que salga caro. Sin atenuantes.

Todo ello ha conducido a la introducción en el lenguaje y en la práctica médica los conceptos de riesgo y, de forma más específica, culpabilizadora, opresiva, rácana y malévola, el concepto de “conductas de riesgo”. Hay que culpabilizar a la víctima como sea. Igual que pueden dejar sin efectividad una póliza de accidentes de trànsito a un conductor borracho que incumple las normas de tráfico, pudieran hacerlo al fumador que tiene cáncer de pulmón o al obeso que sufre una oclusión coronaria.

Se ha empezado calificando las conductas que se consideran moralmente o judicialmente inaceptables: las toxicomanías, las prácticas sexuales promiscuas, o las deportivas límite, “arriesgadas”, se dice. Pero vamos a ir viendo como se extiende a todas las conductas que, literalmente, no conduzcan a una especie de “santidad”. Hasta “no hacer nada”, el sedentarismo, se convierte en una conducta de riesgo.

Esa idea torcida se inicia desde el nacimiento, Realmente, llegar a este mundo tiene sus riesgos de no hacerlo con integridad. Así se han definido los “embarazos de riesgo”. En mi hospital tenemos una unidad claramente titulada de “Alto Riesgo Obstetrico”, ARO, en la jerga hospitalaria. Claro que la idea es de aumentar la vigilancia, los controles y modular las actuaciones, pero todo el concepto incluye connotaciones de posibles culpabilizaciones y una sobrenadante excusa de que, si las cosas van mal, es que era una situación de alto riesgo.

De forma solapada vamos viendo como las aseguradoras privadas desvían los pacientes “de alto riesgo” hacia la asistencia pública. Eso sí, siempre porque en la pública tiene más medios y hasta están dispuestos a aceptar que tiene mejores profesionales, y que todo es por el bien del paciente.

A mi sencillamente me parece de una caradura imponente. Sobre todo porque con una connivencia inexplicable, las administraciones públicas no revierten las facturas a las aseguradoras, en esa confusión burocrática que se salda en el momento del ingreso con la pregunta del funcionario de admisión de si el ingreso es por “el seguro” o por “la mutua”. Y, a lo mejor, da lo mismo lo que se diga, porque ya se encargan los empleados de las mutuas de pasarse por el hospital a intentar modificar la situación. Pero es que yo he oido a altos cargos políticos admitir en privado que “…si les cobrásemos a las mutuas a precio de coste, muchas tendrían que cerrar…”

Algún dia alguien debería hacer una contabilidad analítica de que es lo que cuesta ese contubernio, esos sobrecostes que acabamos pagando entre todos para que se lucren los accionistas de las mutuas de seguros  y sus actuarios mantengan sus sueldos.

Y sí, esto también es Pediatría social.

 

X. Allué (editor)

Written by pedsocial

19 junio 2017 at 6:38