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A vueltas con niños y teléfonos móviles

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No pasa día sin que algún experto se manifieste en los medios o en las redes sociales sobre si se debe permitir a los niños el uso de los teléfonos móviles y otros artilugios (consolas, etc.) utilizables en la Internet. O bien, aceptando la realidad de la ubicuidad de esos instrumentos, cuándo se debe permitir su uso o cuándo, como dice una conocida mía: “¿Cuándo le pongo un móvil a mi niña?”. Efemérides o hitos (o ritos) de paso como el acceso a la ESO o la Primera comunión, son de uso común….ya es mayor como para tener un móvil.

Luego vienen las argumentaciones del uso de las aplicaciones: que si sólo para llamadas, que si sólo para recibirlas, que si Internet controlado, que con WattsApp, que con Bluetooth, etc. Y las limitaciones en espacios como el aula, la iglesía, las salas de espera de los hospitales, el AVE, la sala de vistas del juzgado… Ah! y el “modo avión”, porque los asistentes de vuelo se ponen muy pesados con que “…apaguen todos sus dispositivos electrònicos hasta que vuelvan a la terminal…”

Desde aquí ya nos referimos al tema anteriormente (https://pedsocial.wordpress.com/2015/05/21/telefonos-moviles-y-ninos/), o sea hace tres años. Y las cosas, así como nuestra opinión, no han cambiado apenas. Lo único es que ahora hasta el 70% de los teléfonos móviles son eso que se llama “smart phone” con una pléyade de aplicaciones cada cual más potente. Las aportaciones con evidencia científica siguen sin demostrar efectos nocivos de carácter físico (radiaciones, lesiones timpánicas, etc.) de importancia. Y se mantienen las precauciones sobre el uso compulsvo o exagerado, así como algunos fenómenos adictivos que puedan ser motivo de preocupación.

Pero en un planeta en el que hay más terminales de teléfono movil que gente, parece evidente que los móviles están ahí para quedarse y limitar su uso por razones de edad no parece tener demasiado sentido.

X. Allué (Editor)

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Written by pedsocial

4 junio 2018 at 17:59

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Teléfonos móviles y niños

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Daily mail picLa dirección de la Policía española ha propuesto un contrato entre padres e hijos para el uso de teléfonos móviles y otros dispositivos por parte de los menores. Este encomiable esfuerzo se origina desde lo que es una de las funciones de las fuerzas de seguridad e general y la policía en particular: la prevención y persecución del delito. Puede parecer una obviedad pero cada nuevo avance en la tecnología determina que el uso espúreo de tales avances pueda dar lugar a actuaciones ilegales y delictivas que perjudiquen a la ciudadanía.

Que los menores deben ser objeto de una protección especial, aunque como ya hemos comentado en otra ocasión no aparezca contemplado en la Constitución Española, es un esfuerzo colectivo y una responsabilidad de todos.

Pero en esta ocasión me parece que la Policía se ha visto influenciada por ese otro componente de la justicia que son los abogados. Y, de ellos, el contingente más numeroso que son los dedicados al derecho mercantil. Y así, lo que se les ha ocurrido es elaborar un contrato, como si el uso de dispositivos de comunicación individual fuese una actividad que pudiese comprometerse por encima de la real y libérrima voluntad del usuario. Aparte de la dificultad para ejecutar el contrato en el caso de incumplimiento, me parece un formalismo de escasa eficacia. Hubo un tiempo en que los contratos se firmaban con un apretón de manos, con una mirada de aquiescencia, con un gesto o, como los contratos matrimoniales, con un simple “Sí quiero”. Que las compañías de telecomunicaciones te presenten con contratos con varias páginas de cláusulas a mi sólo me despiertan la sospecha de que no se fían de mi o que, muy probablemente, pretenden ocultar vergüenzas. De poca vergüenza, vamos.

Me da como si, una vez firmado el contrato, se produzca alguna situación indeseable y que ésta se lleve al conocimiento de la policía, ésta saque el contrato a relucir y justifique actuaciones (o la falta de éstas) en el incumplimiento del contrato.

Cierto es que, especialmente en la parte final del acuerdo, el texto tiene más componentes de “manual de uso” que otra cosa. Pero si tememos que los menores puedan hacer un uso inadecuado de los dispositivos de comunicación tenemos otros caminos y debemos considerar las realidades.

Padres y educadores tardaron en darse cuenta que las consolas de juegos de tercera generación se podían conectar a la Internet en cualquier estación de WiFi, y con ello permitir el acceso a todo el universo de las comunicaciones.

El buen uso es y será fruto de la educación en general, como es el uso de cualquier otra tecnología, desde las bicicletas a los sprays de pintura. Y la educación es un esfuerzo continuado, de cada día y cada noche, los fines de semana y las vacaciones. No puede esperarse que un acontecimiento puntual como la firma de un contrato o acuerdo vaya a tener efectos continuados. Una buena parte será el ejemplo: si los hijos nos ven utilizar el móvil o el WhatsApp para majaderías, para hablar a gritos en un medio de transporte, para interrumpir conversaciones o para ocupar un sitio al lado de la cuchara en la mesa del comedor, es muy probable que acaben haciendo algo parecido. O peor.

Algo parecido pasa con el ordenador conectado a la Internet. Hay que estar muy seguro de no haber entrado nunca en una página porno, en una canal de apuestas o haber hecho una descarga ilegal gratuita, para pretender que los niños hagan algo distinto. Más o menos aquello de “haz lo que digo, no hagas lo que hago…” no vale. Sin ánimo de molestar:

De los médicos haz caso de lo que hacen, no de lo que dicen

De los curas haz caso de lo que dicen, no de lo que hacen

Y de los abogados, de los políticos y, también, de los policías, ni lo que dicen ni lo que hacen…

Los niños no son como los ordenadores, que hacen lo que les dices, no siempre coincidiendo con lo que quieres que hagan, así de simplones. Los niños tiene su capacidad de análisis y su libertad de ejecución, dentro de los límites de que dispongan. Gestionar esos límites es la clave.

 

X. Allué (Editor)

Written by pedsocial

21 mayo 2015 at 6:48

Ponle un chip a tu niño

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Slide1Una madre, en estas fiestas del solsticio de profusión de comilonas y regalos, me dice: “Le he puesto un móvil a la niña” (sic!)

En castellano, los juguetes en la Epifanía “los ponen” los Reyes. También los “traen”. Pero, como ya hemos explicado que los Reyes son los papás, los papás  los “ponen”.

Mantener la comunicación con los hijos a distancia mediante un artilugio telefónico parece un deseo legítimo para unos padres responsables. A partir del momento que las tecnologías lo hacen posible, resulta además razonablemente barato. Y, a la vez, los niños pueden aprovechar el medio para comunicarse también con otros, especialmente compañeros y coetáneos. Por otro lado ya se han constado los posibles efectos perniciosos que acompañan a todas las nuevas tecnologías, especialmente la adición por uso incontrolado y un costo desmesurado si no se limita, así como el acceso a comunicaciones consideradas no aptas o perniciosas para menores.

El caso es que los teléfonos móviles están ahí y van a quedarse. De manera que lo importante es adaptar su uso a los menores y extraer de ello las ventajas evitando los inconvenientes de forma racional. Un teléfono móvil con conexión a los sistemas universales de geolocalización (GPS) permite, además y si el niño lo lleva consigo, localizar dónde esta o dónde se encuentra en cualquier momento. Esa utilidad tendría su máxima aplicación en circunstancias más o menos extraordinarias como catástrofes, accidentes o pérdidas.

Para esto existen, sin embargo, otras aplicaciones tecnológicas como nos presenta un reciente artículo de la revista The Economist, a la vez que plantea algunas cuestiones sobre la privacidad. Nadie va a querer equiparar a sus hijos con los animales domésticos con su chip aunque, se insiste, el uso de localizadores implantados continúa siendo una materia de la literatura y el cine de ciencia ficción.

En cualquier caso, entendemos que aprovechar los nuevos recursos tecnológicos merece una consideración pausada. Un análisis cuidadoso de efectos beneficios y ventajas en frente a los inconvenientes y, en todo momento, plantearse si son racionalmente necesarios para los efectos deseados.

Y, desde luego, entendemos que si la aplicación de un chisme puede en algún momento salvar la vida de un niño, vamos a colocarlos en el mismo sitio que todas las otras metodologías del ámbito de la prevención: desde la vacuna de la viruela, ya abandonada, hasta los asientos de seguridad en los automóviles.

Mas vale prevenir…

X. Allué (Editor)

Written by pedsocial

14 enero 2013 at 10:32